4 de mayo de 2016

me quedé mirándote absorta pensando en todas esas veces que nos habíamos imaginado lejos de allí, ciudades desconocidas, amigos que entonces no tenían rostro, viajes a sitios cálidos, todo eso que se sueña cuando aún crees que el tiempo estará de tu parte. el sol ansiaba su huida como también yo necesitaba desaparecer cientos de miles de galaxias del único lugar que me había pertenecido toda mi vida y por el que nunca sentí aprecio. qué curioso, pienso ahora, cómo la memoria acumula los retazos más absurdos de nuestro delirio, para hacerlos suyos, sólo suyos, con la única e inexorable razón de despojarte de tu autoridad y dejarte sin nada a lo que aferrarte de veras. me acariciaste el brazo, me lo acariciaste con tus manos frías y luego me dijiste que nos levantásemos que nos íbamos a quedar helados si seguíamos sentados en el banco un minuto más. ponte mi chaqueta, acertaste a decir y yo te negué tres veces como se niega lo que se teme de veras. anochecía y yo no entendía cómo había pasado todo, la tarde, nosotros, todos estos años. ¿me había quedado dormida todo ese tiempo? empecé a aceptar que eso fuese posible, era la única manera lógica de entender cómo había llegado hasta allí, con qué torpeza y desesperación como si nunca hubiera entendido nada, nunca nada

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