7 de noviembre de 2016

desde mi nacimiento hasta los ocho años viví en tres casas diferentes; de la primera recuerdo su amplitud, tres pisos, buhardilla, sala de juegos, bodega para papá, insultos, discusiones, la enfermedad de la abuela, el día que me quedé encerrada en casa y deseé saltar por la ventana y huir bosque a través;

de la segunda recuerdo su pequeñez, apenas dos habitaciones mal iluminadas, grandes cucarachas
en verano, mamá y yo, sólo mamá y yo, recluidas en nuestra pequeña fortaleza de juguete, insana y maltrecha pero fortaleza al fin y al cabo;

en la tercera he vivido toda la vida, tamaño medio, más grande que la anterior y más pequeña que la primera, dos habitaciones y dos baños y una acogedora terraza en el salón con vistas a un patio vecinal en la que cenamos las noches de julio y que debe ser la envidia de nuestros vecinos del segundo que resoplan y murmullan y sacuden sus sucias colillas en nuestra ensalada;

ahora, por fin, he alquilado un pisito en el centro, lo comparto con seres queridos y parece el mayor de los refugios que he tenido, limpio, pequeño, lleno de plantas, aunque algunas noches, también ésta, desee saltar por la ventana y huir ciudad a través

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