24 de enero de 2017

había una mancha más azul en el cielo
acariciando a la luna suavemente
-de un azul extraño y hermosísimo
 el del mar en las noches de verano-
sofocando a la niebla que lo inundaba todo
había también una parada de autobús
solitaria y oscura
una de esos lugares que podrían protagonizar
un cuento aterrador de patricia highsmith
y un frío helador que se colaba por los huesos
abortando cualquier intento desesperado
de entrar en calor con tu propio cuerpo
había pasado más de veinte minutos allí sentada
dialogando conmigo misma sobre cómo podría
escabullirme del todo, del todo al otro lado,
hacia a algún otro lado
de pronto, me levanté de un salto y paré
con un torpe gesto de mano al autobús que apenas
se vislumbraba
éste frenó con un golpe seco
allí estábamos
dos desconocidos intentando reconocerse
sin mirarse apenas
como ciegos que repudian el tacto de los otros
me quedé quieta,
esperando algo sorprendente de aquel hombre
que conducía el autobús más triste de la historia
me merecía algo, una respuesta, una señal
una revelación divina que me hiciese olvidar
la mezquindad humana
"¿te vas a quedar ahí?", soltó de pronto
desde la ultratumbra de su voz tosca
y arrancó con toda la brusquedad
con la que se puede herir a alguien
empecé a correr camino a casa
pero desconocía el camino


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