2 de enero de 2018

estoy en el tren llegando veinte minutos tarde al sillón por el que pago para recostarme y llorar durante cuarenta y cinco minutos ––aunque a veces se alarga a una hora porque me niego a levantarme en ese estado, que luego me miran con compasión los jóvenes bohemios y las familias pudientes por san bernardo, los detesto––. hoy no podrá alargarse porque es un sillón que no acepta que no te ciñas a la hora prevista para su uso. en días así, se comprimir el llanto para que sea lo pactado, aunque ese ejercicio de compresión requiere algo más de esfuerzo por mi parte y hay veces que no estoy dispuesta y me niego, como niego tantos pactos a los que me someto por obligación. hoy se que lo haré bien porque tampoco a mi me apetece quedarme en él, aplastada y mecida por sus pliegues de piel falsa, levemente acariciada por los tres pelos canos de la señora viuda que se recuesta en él antes que yo a enumerar su lista de fracasos o su lista de la compra.

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